Ayacucho Tierra del Martín Fierro

¿Cómo identificar el espacio en que se desarrolla una obra literaria cuando la misma no lo hace explícitamente?

En realidad, es sólo parcialmente cierto que no lo hace. La pampa es el escenario. Al menos el de la morada inicial de Fierro es un espacio ganadero, ubicado al interior de la frontera con el indio y cercano a las sierras, a las que en más de una oportunidad menciona como el sitio en el que guarecerse. En ese contexto, Hernández nombra taxativamente a Ayacucho en la única mención en que un lugar se presenta como escenario de un episodio de la vida del protagonista.

Ahora bien: ¿alguna zona de Ayacucho tiene un paisaje similar al que describimos? Efectivamente, al oeste del Partido la pampa se transforma en pie de monte contra las Sierras de Tandil, configurando un paisaje que incluye la pampa y las sierras, al interior de la frontera, en una zona ya controlada por los jueces de Paz, en la que el Gobierno intenta imponer su control. Todos los elementos nos llevan a un ambiente particularmente similar al que Hernández describe como la tierra de su protagonista.

¿Quien vive en esta zona? José Zoilo Míguens. Su amigo, compañero de luchas políticas, lector de sus manuscritos y editor de la primera edición, tiene su Estancia denominada “El Rosario” en este preciso lugar. Y allí ha sido Juez de Paz de los Partidos de Ayacucho y Arenales. Hasta allí, de acuerdo a la tradición oral, ha llegado Hernández en más de una ocasión.

¿Son estos datos prueba definitiva de algo? Quizás no.

Pero nuestra intención no es la de una “apropiación”, sino la de proponer a la tierra por la que anduvo Martín Fierro ganando carreras con su caballo moro, como sede para reflexionar y debatir sobre este ícono de nuestra cultura, de nuestra identidad y de nuestra historia. En su esencia viven las preguntas siempre vigentes sobre grandes temas que atraviesan al País, aún hoy. Y hay muchas formas de abordarlas desde la investigación y el pensamiento.

Ayacucho, “Tierra del Martín Fierro”, los espera con ese fin.


José Hernández y José Zoilo Miguens

Élida Lois

A fines de 1872 la imprenta La Pampa de Buenos Aires editó El gaucho Martín Fierro, que apareció en venta a comienzos de 1873. Era un folleto de ochenta páginas que contenía, además de una carta a José Zoilo Miguens, tres textos a modo de extensos epígrafes y un artículo de doctrina práctica titulado “Camino tras-andino” (que ya había sido publicado en Rosario y en el diario La Pampa de Buenos Aires, y que no reaparecerá en las ediciones siguientes).

El autor toma distancia del poema gauchesco en su carta-prólogo: “Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía entre ellos”. Y confirmando que la obra no estaba dirigida de entrada al proletariado rural sino a una clase dirigente (a los vencedores y a los vencidos de contiendas antiguas y recientes, pero a una clase con vocación de poder), anuncia desde la tapa del folleto la anexión de su artículo programático: “Contiene al final una interesante memoria sobre El camino trasandino”.

Es cierto que José Hernández también ha previsto para su poema gauchesco un ámbito de circulación mayor. Un suelto publicitario sobre el folleto –publicado el 17 de enero de 1873 por el diario La Pampa (de cuyos talleres salió la edición príncipe de GMF)– incluye este dato: “El autor lo ha puesto en venta a bajo precio para que esté al alcance de todos los habitantes de la campaña”. Pero, naturalmente, hasta aquí esto significa “la campaña alfabetizada” (y según datos del censo oficial de 1869, sólo el 22,1% del total de la población argentina de ambos sexos mayor de seis años podía considerarse alfabetizado).

 Los epígrafes, que remiten también a la cultura letrada, enlazan la política con la literatura: el primero es un pasaje de un discurso en el que Nicasio Oroño denuncia la injusticia y la inoperancia del servicio de fronteras (Sesión del Senado del 8-10-1869); el segundo –agregado cuando El gaucho Martín Fierro estaba ya en prensa–, es un fragmento de un artículo que reitera las quejas sobre la situación de los soldados en los fortines (La Nación, 14-11-1872); el tercero, una extensa cita de la leyenda poética Celiar (el comienzo del canto titulado “El  payador”), del poeta romántico montevideano Alejandro Magariños Cervantes, entronca la obra gauchesca con la literatura culta de ambiente rural rioplatense.

            También el destinatario de la carta-prólogo, el estanciero José Zoilo Miguens, estaba vinculado a la realidad social que describe el poema. En 1866, siendo juez de paz y comisario del antiguo partido de Arenales, había denunciado ante sus superiores en forma reiterada procedimientos arbitrarios en el reclutamiento de fuerzas de frontera.

Como habría ocupado esos cargos en períodos consecutivos, él sería el Comisario Miguens que firma un telegrama dirigido al Jefe de Policía, reproducido en la primera página de La Nación el 17 de enero de 1872 (por otra parte, los topónimos corresponden a su radio de acción):

Telegrama al señor Jefe de Policía
                        El Comisario Miguens al señor Jefe de Policía, D. E. O’Gorman. Buenos Aires.
                        Es completamente incierto lo que se ha dicho, de reunión de gente en el paso de Ponce ni en sus inmediaciones; pues todo lo ha recorrido una partida y nada hay.
                        Mañana mas detalles.
                        Chascomús, Ranchos y Pila, tranquilos.
                        Según se ve por estos datos, las alarmas que circularon han sido enormemente exageradas.
                        Sin embargo, ellas deben considerarse como un aviso providencial.
            El estado de la frontera y la condición actual del hombre de la campaña, constituyen anomalías monstruosas, cuya subsistencia permanente, inconciliable con el orden social y constitucional, producirán tarde o temprano funestos resultados.
                        En las capas inferiores circulan a veces corrientes subterráneas que sólo se miden el día del estallido y que pueden ser explotadas contra el orden público por el primer ambicioso que sepa comprenderlas.
            Deber de los Gobiernos y de los hombres de Estado es prevenir el mal, removiendo las causas de una situación violenta de la que no puede resultar nada bueno.

En una grave situación de injusticia social que permite suponer la posibilidad de revueltas populares o de amotinamientos en los fortines, el modelo de resistencia que propone El gaucho Martín Fierro al proletariado rural y a los arruinados pequeños productores (desertar del ejército, hacerse “matreros”, huir a tierra de indios y volver al ataque integrando malones) no es una descabellada “utopía al revés”.

Es cierto que la delimitación del campo de interlocutores que proponen los textos complementarios apunta más a impedir que eso suceda que a promoverlo, pero la obra tendrá el poder de trascender el circuito de la lectura; hay testimonios de que, ya en 1874, el poema se cantaba en las pulperías.

El pueblo gaucho, que lo oyó leer, pronto lo memorizó (también se ha documentado que un folleto ajado esperaba en el mostrador de toda pulpería para que alguien que supiera leer lo hiciera en voz alta); así, un poema escrito pudo transformarse en canto y un alegato político se convirtió en épica popular.

En tanto, José Zoilo Miguens, que según una tradición oral contribuyó a solventar la 1ª edición de El gaucho Martín Fierro y acompañó su escritura (se dice que Hernández, que componía sus versos en el Hotel Argentino a comienzos de 1872, todas las tardes lo visitaba para leerle lo que iba tomando forma poética), quedó en el umbral del texto. Aunque, quizá, el poeta haya querido halagarlo con un mensaje cifrado (la mención de la ciudad que su amigo había fundado):

Yo llevé un moro de número
sobresaliente el matucho,
con el gané en Ayacucho
más plata que agua bendita,
siempre el gaucho necesita
un pingo pa fiarle un pucho.

(Martin Fierro, cap. III 365)


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